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De evitar mi reflejo en el espejo a sostenerme la mirada


- “Mírate.”

Estaba de pie frente al espejo de la consulta y no pude. Agaché la cabeza. Lo intenté otra vez y no aguantaba mi propia mirada. Y cuando me pidió que me dijera algo a mí misma, fui incapaz de articular una sola palabra. Solo se me caían las lágrimas por la cara, en silencio, sin saber muy bien por qué.


Lo curioso es que yo me miraba al espejo todos los días. Para asearme, para peinarme, antes de salir por la puerta de casa. Pero me miraba en automático, sin verme - como nos miramos muchas -. Puede que tú también te mires así sin saberlo, de pasada, superficialmente. Aquella fue la primera vez en años que alguien me pidió mirarme de verdad. Y descubrí que no podía.


No era el espejo lo que no soportaba. Era la historia que veía reflejada en él.

Durante años había ido perdiendo partes de mí sin darme cuenta. No pasó de golpe; fue más silencioso: pequeñas renuncias, aprender a callar para no molestar, poner las necesidades de los demás por delante de las mías, convencerme de que ciertas cosas simplemente tenían que ser así. Hasta que un día ya no sabía distinguir qué partes de mí eran realmente mías y cuáles había aprendido para encajar.


Había llegado hasta esa consulta por el golpe que nunca habría elegido. Después de catorce años, mi matrimonio terminó por una traición. En aquel momento pensé que era lo peor que podía pasarme. Hoy lo digo con una sonrisa y sin dramatismo: fue el mejor favor que me hicieron sin querer.


No porque el dolor fuera bueno, sino porque aquella ruptura hizo visible algo que llevaba tiempo ocurriendo: yo ya había empezado a desaparecer dentro de una vida que, desde fuera, parecía funcionar. A veces una crisis no crea nuestras preguntas. Solo nos obliga a escuchar las que llevábamos años evitando.

Volver a mirarme

Después de aquella consulta empecé terapia. No para convertirme en otra persona, sino para entender a la que ya era. Y cuando empecé a verme, vi también todo lo que sostenía por inercia. Así que, poco a poco, fui soltando lo que ya no era mío.


Puse límites donde antes me callaba. Revisé creencias con las que había crecido. Me distancié de muchas personas. Dejé una profesión que amaba, a la que había dedicado 18 años, en la que era reconocida nacionalmente y me iba bien económicamente. Y me fui a Alemania a empezar de cero.


De ese comienzo hay un día que no se me olvida. Empecé limpiando habitaciones en un hostal, sin saber una palabra de alemán. El primer día me tocó organizarme con una compañera turca con la que no tenía ningún idioma en común, así que nos pasamos el turno entero entendiéndonos por señas: señalando, gesticulando, riéndonos las dos de lo absurdo de la situación.


Yo, que adoro hablar desde niña y que me había ganado la vida hablando —enseñando y formando a cientos de personas—, no era capaz de decir una sola frase.

Y ahí estaba otra vez: muda, como en aquella consulta delante del espejo. Solo que esta vez el silencio no era el de quien se ha apagado. Era el de quien está empezando.


Aun así, algunas noches volvía a mi cabeza la misma pregunta: ¿hice bien?

La pregunta que nadie dice en voz alta

Con los años descubrí que esa pregunta no era solo mía. La he visto en mujeres que emigran, que salen de una relación, que dejan una profesión o que se alejan de algo que durante años les dio identidad. Cambia el escenario, pero la duda es la misma. Una noche cualquiera aparece:

¿estaré haciendo bien?


Y casi siempre la hacemos en silencio. Porque cuando la vida nos golpea sin permiso, los demás entienden nuestro dolor; pero cuando somos nosotras quienes decidimos, sentimos que perdemos el derecho a sufrir. Aparece esa frase invisible: «pero si esto lo quisiste tú». Así que te callas. Y entonces confundes dolor con arrepentimiento. Y no son lo mismo.


Hay decisiones muy acertadas que también duelen. Dudar no es la prueba de que erraste el camino. Es la prueba de que lo estás caminando.

Los tres espejos

Esa pregunta no necesita una respuesta inmediata. Necesita una mirada más honesta. Porque sostenerte la mirada no es solo aguantar los ojos en tu reflejo: es mirar de frente lo que sientes, sin apartar la vista.


Para eso te propongo tres espejos.

El espejo del miedo

El cerebro busca lo familiar porque es predecible, no porque sea mejor. Por eso el miedo aparece incluso cuando caminas hacia algo que deseas. La pregunta no es si tienes miedo, sino:


¿Esto es peligroso, o solo es nuevo para mí?


El espejo del duelo

Extrañar lo que dejaste atrás no significa querer volver. Puedes echar de menos una casa sin querer vivir otra vez en ella, y llorar una etapa sabiendo que ya terminó.


¿Quiero volver allí, o solo quiero volver a sentirme segura?


Casi siempre es lo segundo. Y la seguridad ya puedes construirla aquí.

El espejo de la dirección

Este es el más incómodo, y el que de verdad cambia las cosas. Cuando una mujer cambia de vida solemos fijarnos en lo visible: la mudanza, la separación, el trabajo nuevo, los kilos perdidos. Pero hay algo que tarda mucho más en cambiar: la forma en la que aprendiste a estar en el mundo. Si de pequeña aprendiste que te querían más cuando no dabas problemas, seguirás callándote de mayor aunque ya nadie te lo pida. Esas conductas no aparecieron porque hubiera algo mal en ti: aparecieron porque un día te protegieron. El problema es que una estrategia necesaria en una etapa puede dejar de servir en la siguiente.


Por eso a veces cambias todo lo de fuera y algo dentro sigue igual. Es como mudarte a una casa nueva y seguir buscando las habitaciones de la anterior. Has cambiado el escenario, pero todavía estás aprendiendo a habitarlo. Así que este espejo no te pregunta qué dejaste atrás, sino desde dónde estás construyendo tu presente:


¿Decido desde la mujer que soy hoy, o desde la que tuve que aprender a ser para sobrevivir?


La verdadera pregunta

Durante mucho tiempo creí que necesitaba convertirme en alguien distinto. Ahora sé que era otra cosa: entender qué partes de mí seguían teniendo sentido, cuáles pertenecían a una etapa terminada y cuáles podía llevarme conmigo.


Por eso quizá la pregunta nunca fue «¿hice bien?». Quizá la verdadera es: ¿la forma en la que aprendí a vivir sigue sirviéndome para la vida que estoy creando?


Hoy sostengo mi mirada en el espejo sin agachar la cabeza. No porque tenga la vida resuelta - sigo en transición, como muchas - , sino porque dejé de buscar en el reflejo a la de antes y empecé a reconocer a la que estoy construyendo.



Gracias por leerme.

Soy Melissa Dopazo. Nací en Barcelona y empecé de nuevo en Alemania. Ayudo a mujeres que están cambiando de vida a sostenerse mientras se reconstruyen: cuando ya no eres quien eras, pero todavía no sabes quién vas a ser. Trainer de PNL y creadora de Solera. Me encuentras en Instagram como @melissadopazo.


Melissa coordina, dentro de Crece Mujer, la Tribu Lectora Consciente: un espacio donde usamos los libros para ampliar la mirada y entender mejor lo que estamos viviendo. Porque los buenos libros hacen algo parecido a los buenos espejos: no te dicen quién deberías ser, te devuelven preguntas que aún no te habías hecho.



 
 
 

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